Por qué adaptarse bien puede ser malo

Los humanos tenemos una capacidad de adaptación increíble. Somos capaces de sobrevivir en climas árticos y en desiertos, en poblados de unas pocas cabañas y en macro-ciudades de millones de habitantes. Somos capaces de aprender todo tipo de actividades y trabajos para salir adelante.

Lo curioso es que cuando lo que queremos no es solo sobrevivir, sino Vivir con mayúsculas, sacarle todo el jugo a la vida, nuestra capacidad de adaptación suele jugar en nuestra contra.

Imaginad este experimento: coges una caja de cartón, la típica de las mudanzas, y la pones en medio del salón; en un sitio en el que, aparte de quedar mal, moleste: que haya que esquivarla un poco para salir. Y ahora, simplemente, la dejas ahí, sin apartarla ni quitarla de en medio. Un día, dos días, tres días… una semana, dos semanas, tres semanas… un mes, dos meses…

Los primeros días, la caja te molesta. Te fastidia verla en medio del salón. Te chocas con ella tres o cuatro veces. Vendría bien un cambio, deshacerte de la caja. Pero, si no lo haces, tu capacidad de adaptación toma el relevo. Empiezas a hacer un pasito de baile que te permite esquivar la caja sin tropezar. Y pasan los días.

A las dos semanas, tienes la caja perfectamente ubicada. Puedes llevar la cena en una bandeja y ya haces el pasito de baile sin mirar. De vez en cuando ves la caja y piensas que no debería estar ahí. Y pasan los días.

Y llega un momento (¿tal vez al mes, a los dos meses?) en el que ya simplemente no ves la caja. Forma parte del salón. Ni siquiera notas que haces un pasito de baile catorce veces al día para no chocarte: es lo normal.

¿Sería mejor quitar la caja? Desde luego, pero ya ni si quiera se te ocurre: te has adaptado.

Te puedes adaptar a la caja, a un grifo que gotea y nunca arreglas, a un armario que cierra mal… Pero al final no dejan de ser pequeñas cosas sin importancia. Lo malo es que ese mismo “lado oscuro” de la capacidad de adaptación funciona igual en muchos aspectos de tu vida. Puedes adaptarte a un trabajo tedioso y en el que no aprendes nada. Puedes adaptarte a un jefe caprichoso y voluble. Puedes adaptarte a relaciones personales que no van bien. Puedes adaptarte a no perseguir tus sueños. Puedes adaptarte a ser infeliz.

No quiero decir que adaptarse sea siempre malo. Pero creo que es bueno pensar de vez en cuando a qué “cosas malas” te has adaptado casi sin darte cuenta. Y, en esos casos, tomar tú el relevo de tu capacidad de adaptación y hacer cambios. Saca esa caja del salón. Encuentra otro trabajo mejor. Replantéate esas relaciones. Persigue tus sueños. Busca la felicidad.

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¿Cuál es el momento adecuado para emprender?

Este es el último post de la serie “¿Qué hace falta para emprender?

¿Existe un buen momento para emprender? Hay varias teorías al respecto:

  • Hay quien dice que hay que emprender cuando eres joven, antes de que la hipoteca y los niños hagan que ya no puedas asumir riesgos
  • Pero también hay quien te dice lo contrario: trabaja, acumula experiencia sobre un séctor y después monta tu propio negocio teniendo ya experiencia y contactos

Mi opinión es que no hay ningún buen momento para emprender. Si haces un análisis racional de la posibilidad de emprender, nunca lo harás:

  • Si eres joven, porque todavía no tienes experiencia
  • Si ya llevas unos años trabajando, porque “vas muy bien” y no vas a desaprovechar todo el esfuerzo que has hecho ahora que empiezas a estar bien posicionado
  • Y si ya tienes la famosa hipoteca y la familia, porque ya no puedes pensar solo en ti y hay riesgos que no puedes asumir, qué pena no haberlo hecho antes

Total: que es muy fácil pasarte la vida entera encontrando razones para no emprender.

La decisión de emprender implica valorar las cosas en una dimensión distinta a la del trabajo, la seguridad, el currículum y la carrera profesional. Yo digo que es una decisión irracional, porque los que emprendemos somos unos insensatos que creemos que podremos superar todos los obstáculos que vayamos encontrando. Lo curioso es que de esa insensatez es de la que suelen surgir las nuevas ideas.

Otra cosa curiosa es que la gente que más te quiere será probablemente la que menos te anime a emprender. Como comenta María Alvarez de Linera, la gente que te quiere tiende a pensar que lo que más te conviene es seguir los caminos estándar, no desviarte de “lo correcto” y elegir siempre una aparente seguridad: los cambios se ven como algo peligroso porque puede que algo salga mal.

Mi opinión es que si sigues a todo el mundo acabarás donde todo el mundo. Además, creo que no es cierto que esos caminos estándar de los que hablaba sean seguros: si algo estamos viendo durante estos años de recesión es que nada está garantizado.

Las grandes empresas, por ejemplo, parecen seguras. Arthur Andersen, Enron, Lehman Brothers parecían seguras. Trabajar en una gran empresa es como viajar en un fantástico autobús de tropecientas plazas y con todas las comodidades: te sientes protegido por el tamaño y el lujo. Pero hay un detalle importante y es que no eres tú el que conduce. Por una parte es muy cómodo porque es otro el que te lleva. Pero lo que no solemos pensar es que el conductor puede hacer que se bajen la mitad de los pasajeros en la siguiente parada o puede quedarse dormido y estrellar el autobús.

Emprender es más como conducir un seiscientos: a lo mejor no tienes aire acondicionado ni GPS, pero por lo menos eres tú el que conduce. Puedes estar atento a los obstáculos para esquivarlos, puedes probar diferentes rutas y, muy importante, puedes elegir a tus compañeros de viaje.

Si has imaginado un camino, si tienes ganas de ser tú el que conduzca y si estás convencido de que superarás los obstáculos (aunque hoy no sepas cómo), el momento de emprender siempre es ahora.

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¿Hace falta una gran idea para emprender?

Este es el segundo post de la serie “¿Qué hace falta para emprender?

¿Has pensado alguna vez que tienes ganas de emprender pero “te falta la idea”? Bienvenido al club: la búsqueda de esa gran idea  que cambiará el mundo para siempre es una de las actividades más frustrantes que existen.

La buena noticia es que no hace falta una idea revolucionaria para que te vaya bien (o incluso MUY bien).

Siempre digo que, cuando por fin se te ocurre una buena idea, en ese mismo instante se les está ocurriendo a otras cinco personas. Lo más probable es que ninguna la lleve a la práctica: lo fácil es quedarse en el “estaría genial” o “tenemos que hacerlo” y olvidarse unos cuántos días después. Incluso si sois dos los que os ponéis manos a la obra, solo uno de vosotros ejecutará bien la idea: el otro perderá fuelle al encontrarse con los primeros obstáculos (“vaya, pues no era tan fácil como parecía”) o descuidará las cosas importantes. Cuando lo piensas así, te das cuenta de que el valor de la idea es en el fondo muy pequeño: lo que cuenta es quién es capaz de ejecutarla mejor.

¿Y si nunca llegas a tener ni siquiera esa buena idea? No es el fin del mundo: tendemos a hacer un mito de la originalidad y pensamos que hay superhéroes capaces de ver siempre lo que nadie más ve, detectando oportunidades a diestro y siniestro. En la práctica, en lugar de esos superpoderes suele haber historias de perseverancia y de ensayo-error: las “historias de éxito” suelen ser solo los últimos proyectos de personas que una y otra vez han probado algo, se han equivocado y, en lugar de hundirse, han vuelto a intentarlo.

Así que la idea no es tan importante. Lo que en mi opinión sí es esencial es que estés convencido de que puedes hacer algo mejor que los demás. Paul Graham (fundador de Y Combinator, una famosísima “incubadora de startups” de Silicon Valley) sugiere simplemente que busques algo que esté mal resuelto, algo que piensas que hoy funciona de pena: en sus propias palabras,  ”look at something people are trying to do, and figure out how to do it in a way that doesn’t suck“.

Cuando fundamos Crazy Labs pensábamos que podíamos ofrecer un mejor servicio que las agencias de marketing online que había en la época. En realidad no teníamos ni idea de dónde nos metíamos, pero el convencimiento de que podíamos hacerlo mejor nos hizo perseverar y la historia salió bien.

Si tienes ganas de emprender, si quieres construir algo diferente a lo que ya existe, si crees que puedes aportar algo nuevo en un negocio amodorrado, no necesitas una idea deslumbrante: solo tienes que remangarte, ponerte manos a la obra y no rendirte, porque lo que es seguro es que será más complicado de lo que imaginabas :-)

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¿Puede cualquiera ser emprendedor?

Este es el primer post de la serie “¿Qué hace falta para emprender?

Como estamos en una situación económica de esas que hacen que sea mejor aislarse de las noticias, se oye mucho hablar sobre la importancia de emprender, de poner en marcha nuevos proyectos y “levantar el país” para “salir de ésta”. En términos generales me parece estupendo y si podemos cambiar un poquito nuestra cultura y conseguir que gente con talento se plantée emprender en lugar de opositar habremos avanzado muchísimo.

Pero antes de lanzarnos todos a abandonar los Ministerios o Telefónica, o antes de decir “no echo ni un solo curriculum más”, creo que hay que hacerse una pregunta importante: ¿puede cualquiera ser emprendedor?

Sinceramente, creo que le respuesta es no, igual que no todo el mundo puede ser jugador de baloncesto, cirujano o poeta. Esto no significa que haya que ser especialmente brillante para emprender (si lo pensara me merecería una “paliza” en las redes sociales), sino algo mucho más sencillo: si no tienes un par de cualidades clave, lo vas a tener mucho más difícil… y emprender ya es de por sí una tarea ardua.

La primera cualidad importante es tu tolerancia hacia la incertidumbre. Cuando te embarcas a construir una empresa donde antes no había nada, y por mucho business plan que te hayas currado, lo cierto es que no tienes ni idea de qué va a pasar ni mañana, ni dentro de un mes ni dentro de un año. No sabes si te van a quitar tu producto de las manos o si solo lo van a comprar tu madre y las madres de tus socios. No sabes si estás en el negocio del siglo o si vas a tener que ponerte a buscar trabajo dentro unos meses. Por no saber, muchas veces no sabes ni quién te mandó a ti meterte en esto.

Si llevas mal la incertidumbre, si te gusta tener tu rutina y saber perfectamente lo que vas a estar haciendo el mes que viene, el año que viene y a ser posible dentro de 10 años, entonces seguramente no debas emprender porque lo vas a pasar muy mal.

La segunda cualidad importante es también poco común: te tiene que gustar vender. Muchos pensaréis “¡Horror!: pero si yo soy programadora/diseñador/ingeniera/contable…”. Da igual cuáles sean tus conocimientos técnicos: si decides emprender, vas a tener que vender tu producto o vender tus capacidades continuamente.

Si tienes prejuicios hacia la venta, si te imaginas timando a ancianas para que compren productos que no necesitan, estás pensando en el “reverso tenebroso” de la venta. La realidad es que hay vendedores buenos y malos igual que en todas las profesiones y que vender puede ser una actividad muy enriquecedora si lo haces bien. Vender es conversar, ESCUCHAR y contar con pasión aquello en lo que crees (si no puedes hablar con pasión de tu producto o de lo que puedes ofrecer a lo mejor no estás en el lugar adecuado).

Dicho esto, si te da vergüenza hablar de ti mismo, si odias tener que explicar por qué tu producto es bueno, si las reuniones te provocan sudores fríos… no digo que no puedas emprender, pero sí que te tienes que buscar desde el momento cero a un socio que te complemente (y yo en cualquier caso intentaría mejorar en esos aspectos).

Si te ves capaz de vivir en la incertidumbre, si crees en tu proyecto y te ves vendiéndoselo a quien quiera que se te ponga delante, tienes muchísimo ganado. Falta responder a otras dos preguntas más:

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