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Un mundo sin confianza

Hasta hace no muchos años, parecía que había unas cuantas cosas con las que podías contar:

  • El informe de una auditora como Arthur Andersen era una garantía de que las cuentas anuales de una empresa reflejaban “la imagen fiel de su realidad patrimonial, su situación financiera y sus resultados”
  • Las empresas como Enron o Lehman Brothers no se iban al garete
  • La deuda pública era una inversión segura
  • Las entidades financieras estaban vigiladas con lupa para que nuestro dinero estuviera a salvo

Si hacemos “fast forward” hasta hoy, las cosas no podrían ser más distintas. Las macroempresas aparentemente sólidas pueden quebrar. Los países pueden quebrar. Nadie se fía de nadie y ni siquiera las entidades financieras se prestan dinero entre sí porque uno no sabe lo que puede tener el otro debajo de la alfombra. El dinero de tu libreta de ahorros de la caja regional, que parecía a buen recaudo, se estaba utilizando para financiar todo lo que incluyera ladrillos y para apostar a hipotecas-blackjack.

El resultado de todo esto es un mundo sin confianza, y un mundo sin confianza es un mundo peor. Warren Buffet dice que no puedes hacer un buen negocio con una mala persona. Si piensas que cualquiera puede ser esa mala persona, no haces negocios con nadie y la Economía se hunde.

Pero no escribo este post para quejarme ni para decir que soy un indignado, que son cosas que sinceramente no creo que aporten mucho. Lo escribo porque creo que si no nos esforzamos todos por reconstruir una cultura de confianza vamos a pasarlas canutas.

¿Cómo se recupera la confianza? Desde luego no a base de discursitos. Para que tú le prestes dinero a alguien, hace falta que pienses que esa persona tiene al menos dos cualidades: honestidad y prudencia. En otras palabras: que no va a desaparecer con tu dinero y que no lo va a invertir en una tienda de hielo en el Polo Norte (aunque lo haga con toda su buena voluntad). Ni siquiera lo argumento como una cuestión de moralidad, sino como algo puramente práctico.

Para salir de este agujero, tenemos que construir una cultura en la que no toleremos ninguno de los grandes y pequeños ejemplos de falta de honestidad:

  • El gestor de fondos que engaña a los inversores
  • El político que beneficia a su familia con fondos públicos
  • El empleado que se escaquea del trabajo o se coge falsas bajas por enfermedad
  • El cliente que te pide una comisioncita a cambio de darte el contrato

Necesitamos tener también a todos los niveles (desde el Gobierno hasta las familias) una cultura de prudencia en el gasto: si el municipio no puede permitirse un aeropuerto, que no lo tenga; si la casa de 500.000 es fantástica pero solo puedes permitirte una de 150.000 tendrás que coger la segunda. Durante mucho tiempo ha parecido que endeudarse era la forma de librarse de esos molestos límites de gasto: pasta al instante. Pero las deudas hay que pagarlas y el precio de ese dinero instanáneo es que vas a ser más pobre año tras año hasta que devuelvas todo lo que debes, seas un país, una empresa o un ciudadano cualquiera.

Nos va a tocar a todos recuperar la confianza de los demás. Va a costar y vamos a tener que ganárnoslo día a día, pero si lo conseguimos tendremos un mundo bastante mejor que el de estos últimos años.

Reclamo mi derecho a ser astronauta

Cuando somos niños les pedimos a nuestros padres todo lo que nos gusta nada más verlo. Ellos nos parecen seres omnipotentes que son capaces de dárnoslo todo y que pueden obrar la magia de comprar cosas: no sabemos cómo ni nos importa, pero entran en la tienda y salen con un juguete debajo del brazo. Sin embargo, pronto aprendemos que no se puede tener todo y que “sí, claro que puedes tener un camión” significa en realidad “va a ser que no”.

Cuando nos hacemos mayores y toca hablar de lo público, parece que volvemos a ser niños que reclamamos a Papá Estado que nos dé todo lo que queremos. No sabemos cómo lo harán para darnos a todos casas en propiedad y trabajos de por vida ni nos importa: lo queremos y punto. A todas esas cosas que queremos las llamamos Derechos y nos cogemos pataletas si no nos las dan. Pero, a diferencia de cuando éramos niños, parece que de mayores no aprendemos que no se puede tener todo.

Pensamos que un contrato indefinido debe ser o bien un contrato eterno o bien un contrato en el que la empresa tenga que pagarte una pasta si quiere o si necesita despedirte. ¿Y nos quejamos de que se firmen muchos contratos temporales?

Les reclamamos trabajos a los políticos, pero resulta que los políticos no crean empleo: el empleo lo generan las empresas y o se lo ponemos fácil o, por mucho que protestemos, los trabajos no van a aparecer.

Que un político prometa crear puestos de trabajo no tiene sentido. Podrían inventarse miles de nuevas plazas de funcionarios, pero crear más empleos públicos es tan absurdo como darte una paga extra a ti mismo sacando el dinero de tu cuenta corriente. Parece que el dinero para pagar las nóminas de la administración lo imprime el Gobierno y ya está, pero no: sale de los impuestos que todos pagamos y si lo gastamos creando puestos de relleno ya no podemos dedicarlo a otras cosas verdaderamente necesarias.

Si queremos más trabajos, tenemos que hacer que para las empresas contratar no sea una decisión de alto riesgo y tenemos que asumir que el tipo de trabajos será el que las empresas necesitan: todos queríamos ser astronautas, pero aparte de Miguel López Alegría casi todos nos hemos tenido que adaptar y hacer otras cosas. Pensándolo bien, podríamos reclamar nuestro Derecho a ser astronautas, ¿no?