Fax, escáner y documentos oficiales

Enrique Dans comenta en uno de sus últimos posts un artículo de Wired titulado “Why do We Accept Signatures by Fax?“. Leyendo a Enrique decir que “en los negocios, su uso, además de incómodo, es completamente absurdo”, he rememorado todos esos grandes momentos que he vivido como usuario obligado del fax:

  • La clásica equivocación al marcar el número, cuando a través del altavoz del fax oyes a una pobre señora diciendo “¿diga?, ¿diga?”… lo que me recuerda que, hace ya bastantes años, nuestro número de teléfono de casa había sido antes el número de fax de alguna oficina: qué agradable es descolgar el teléfono cuatro veces seguidas para, cada vez, escuchar una melodía de beeps como la del Spectrum cargando un videojuego desde una cassette
  • Olvidar marcar el 0 antes del número, con lo que lo de “¿diga?, ¿diga?” lo dice algún compañero de la oficina
  • ¿Por qué los faxes siempre comunican cuando tienes que enviar ese documento urgente? (aparte de que, una vez más, sueles marcar mal el número)
  • La emoción de esperar a que se imprima el mensaje de confirmación
  • O el ocasional fax en blanco porque alguien metió las hojas al revés :-)

Es curioso como, en la era de la revolución digital, sobreviven tecnologías que hace años ya dábamos por obsoletas. En el caso del fax, parecía que con servicios como eFax desparecería rapidamente de las oficinas… pero prácticamente no conozco ninguna sin fax. Posiblemente una de las causas sea que los escáneres han tardado mucho en ser rápidos, fiables y fáciles de utilizar (ej: el botón para generar un PDF al instante). Hoy ya es frecuente escanear los documentos y enviarlos por e-mail, que por lo menos no comunica.

Respecto a la seguridad, está claro que la firma por fax es muy fácilmente manipulable y que realmente sólo da una “apariencia de oficialidad”: el papel sigue inspirando confianza, aunque ya sabemos que lo aguanta todo. Hablando de seguridad, entre mis favoritos están algunos documentos oficiales, como el carnet de conducir de cartulina rosa con la foto grapada (que se sigue emitiendo para quien lo pierde) o el libro de familia rellenado a boli.

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